Contrariamente a lo que mucha gente piensa, el destino no es algo que esté escrito, fijo e inamovible, sino algo que puede ser transformado por nosotros mismos día a día, minuto a minuto, a través de las decisiones que tomemos. El llegar a ser más o menos felices, el tener una vida agradable y rica o el vemos envueltos en situaciones desesperadas, depende básicamente de lo que hagamos porque el hombre, por naturaleza, tiene una increíble capacidad de adaptación y aun cuando las situaciones objetivas que le toque vivir sean adversas, siempre puede encontrar la manera de encajar en ellas de forma que le permitan una evolución y progreso constantes. Por todo ello es posible afirmar que la suerte, como tal, es más una forma de vida, una actitud, que un don del cielo con el que unos nacen y otros no.
Imaginemos que en la calle hay una billetera que se le ha caído a alguien del bolsillo: muchos pasarán por su lado sin verla e, incluso, podrán patearla o pisarla distraídamente sin percatarse de ello; sin embargo, llegará un momento en el que alguien, con la misma capacidad visual que los anteriores, descubra su presencia. ¿Es eso suerte?... No; el objeto ha estado ahí y a la vista de todos, ya que caminando en línea recta cualquier objeto situado en el suelo y a pocos pasos entrará dentro del campo de visión. Si ninguno de los que han pasado primero la ha recogido es porque, aunque sus ojos hayan detectado su presencia y enviando esa señal al cerebro, ellos no han tenido una actitud lo suficientemente abierta a las sorpresas como para que su mente hiciera caso de esa advertencia. Sólo la persona que finalmente pudo verla estaba preparada para percibir cualquier novedad significativa en el entorno de modo tal que la señal enviada desde sus ojos al cerebro, pronto alcanzó el foco de la conciencia y le hizo saber que allí había algo que le interesaba.
Nuestra mente se ocupa de clasificar y de mostramos tan sólo una parte de lo que hay a nuestro alrededor; esto se pone de manifiesto cuando tenemos que escayolar- nos un brazo: salimos a la calle y tenemos la sensación de que todo el mundo, de repente, se ha roto algún hueso porque vemos más gente escayolada que de costumbre. El fenómeno se produce porque nuestra mente está pendiente de la escayola y percibe, clasifica y hace consciente todo lo que tenga que ver con ello. Esta peculiaridad de nuestra mente es bien conocida por las mujeres que se quedan embarazadas: a menudo se las oye comentar «la increíble cantidad de embarazos que hay este año», cuando, en realidad, no es que vaya a haber más nacimientos, sino que sus mentes perciben con claridad a otras mujeres en su mismo estado.
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Si pudiéramos registrar y enteramos absolutamente de todo lo que ocurre en nuestro entorno, nos volveríamos locos en cuestión de minutos porque no podríamos procesar la inmensa cantidad de información que nos llega. Sin embargo, sí es posible mejorar aquellos mecanismos que nos advierten de todo lo que nos pueda interesar o beneficiar, es decir, de las oportunidades que se nos presentan a cada instante y que por no tener la percepción entrenada, |
somos incapaces de aprovechar. Una de las vías más antiguas y completas para desarrollar aptitudes físicas y mentales que tenemos dormidas es la magia. Gracias a esta práctica elaborada por hombres de todas las culturas, podemos llegar a adquirir lo que, vulgarmente, se denomina suerte.
Todo acto mágico requiere, por parte de quien lo ejecuta, una serie de condiciones corporales que permitirán el desarrollo de otras mucho más importantes que son las mentales. Si el ambiente en el cual se ha de preparar un trabajo no es el adecuado, por ejemplo, será imposible alcanzar el grado de concentración e introspección necesarios para que surta el efecto deseado. Este estado mental tampoco se alcanzará después de haber comido copiosamente, tras ingerir bebidas alcohólicas o si estamos tensos tras haber sostenido una agria disputa. Como se verá más adelante, para obtener éxito en cualquiera de los trabajos que se proponen en este libro, es imprescindible reunir ciertas condiciones físicas a las que se llega realizando una serie de ejercicios y observando algunos preceptos básicos.
EL ACTO MÁGICO
Todos los rituales de magia están orientados a conseguir o asegurar, por medio de nuestro deseo y voluntad, algo que nos resulta difícil obtener por vías convencionales. Sin embargo, estas dos fuerzas, deseo y voluntad, no bastan para que un ritual surta efecto ya que si fueran los únicos ingredientes necesarios para influir en lo que nos rodea, la ejecución de los rituales no tendría sentido.
Al contrario de lo que cree la mayoría de la gente, los objetivos de cada ceremonia mágica no buscan operar directamente sobre nuestro entorno o sobre las personas que nos rodean; su propósito es actuar sobre nosotros mismos a fin de que podamos desarrollar las capacidades mentales necesarias para conseguir lo que deseamos. Y somos también nosotros, transformados gracias a los actos mágicos que hayamos celebrado, quienes actuamos decidida y favorablemente en relación a personas o situaciones cotidianas. Siguiendo el ejemplo anterior de la billetera, podríamos decir que por medio de la magia nunca lograremos que alguien pierda dinero para que podamos encontrarlo; lo que haremos será modificar nuestra mente para que, en caso de que alguien la extravíe, sea capaz de anunciarnos su presencia.
Todos nacemos con un potencial que ni siquiera imaginamos; los neurólogos y fisiólogos coinciden en estimar que usamos menos de un 10 por ciento de nuestra capacidad cerebral y eso se pone claramente de manifiesto en las increíbles proezas de las que son capaces los yoghis de India después de años de entrenamiento.
Por medio de la magia vamos a trabajar sobre nuestra propia psiquis, por ello los rituales no deben tomarse a la ligera, sino con el máximo respeto. De la misma manera que a la hora de hacer gimnasia es necesario tener cuidado para no lesionar ningún músculo o tendón, si decidimos entrenar nuestra mente habremos de mantener una actitud igualmente seria y prudente para no deteriorar aquellas capacidades que aún no hemos desarrollado.
No hay que pensar que puedan ocurrimos desgracias irreparables si hacemos mal las operaciones o conjuros, ya que nuestro cuerpo y mente quedarán como hasta entonces; pero sí es posible que algunas de las capacidades dormidas pudieran sufrir deterioros que luego nos cueste mucho trabajo reparar.
Esta situación podría compararse al efecto que causaría en un niño un mal profesor de violín: sus enseñanzas no impedirán que el pequeño siguiese una vida normal, como cualquier otro niño, pero, seguramente, será casi imposible que se convierta en un virtuoso, ya que los vicios que pudo haber adquirido son increíblemente difíciles de erradicar.
LOS DOS PRINCIPIOS BÁSICOS
Los diversos antropólogos que se han dedicado al estudio de la magia y de las religiones, han intentado establecer las similitudes que existen en la práctica de los rituales entre grupos humanos geográficamente distantes entre sí y que jamás han estado en contacto.
En la obra sobre magia universal hasta el pasado siglo, el libro La rama dorada, que Sir James Frazer publicara a finales del siglo XIX, el autor explica que hay dos leyes que se repiten en los rituales de casi todas las culturas: la «Ley de la Similitud» y la «Ley del Contagio».
Según la primera ley, «Ley de la Similitud», lo que se produce en el ritual por medio de la utilización de símbolos, hace que se reproduzca en la realidad, es decir, el efecto es similar a la causa.
Un ejemplo del funcionamiento de esta ley es el curioso rito de magia imitativa de los nativos del archipiélago de Babar que describe Frazer. Cuando una mujer desea tener un niño y no consigue quedarse embarazada, invita a un hombre de la tribu que tenga descendencia numerosa para rezar juntos a Upulero, la deidad encamada en el Sol. Confecciona con algodón rojo un muñeco al que coge entre sus brazos en actitud de estar amamantando. El vecino que ha venido a orar con ella, realiza una ceremonia que involucra también al padre de la futura criatura, que finaliza con el sacrificio de un ave. Terminada ésta, pregunta a la mujer si el niño ha llegado, a lo cual ella responde afirmativamente, agregando que le está dando de comer. Cuando el vecino se marcha, hace correr en el poblado la noticia de que ha nacido un nuevo niño y, ante eso, todos van a felicitar a la nueva madre haciéndole regalos.
Es evidente que si este ritual no diera resultados, hace mucho tiempo habría sido desechado, ya que en él participan todos los habitantes de la aldea.
La segunda ley que describe Frazer es la «Ley de Contagio», según la cual todo lo que se haga en un objeto que haya estado junto a una persona, repercutirá sobre ésta.
Uno de los ejemplos más claros de esta ley es el vudú. Consiste en amasar un muñeco con arcilla o cera, poniendo en ella pelos, trozos de uña o algún objeto que haya pertenecido a la persona a la que se quiere dañar. Todo el daño que se le haga al muñeco (clavarle alfileres, golpearle, ahorcarle) producirá en la víctima los correspondientes efectos dolorosos.
MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA
En muchos tratados sobre magia, hechicería, brujería, se ha dicho que una manera de distinguir los ritos «blancos» o buenos de los «negros» o malos es considerar si la ceremonia exige algo a cambio por parte del oficiante (por ejemplo, en magia negra es habitual hacer pactos con las fuerzas del mal u ofrecer el alma a cambio del favor solicitado). Esto es cierto pero sólo en parte; el hecho de exigir algo a cambio se utiliza tanto en la magia blanca como en la negra y en la primera, tiene como objetivo enseñamos generosidad y humildad, por un lado, a la vez que limitar el acceso a la magia a todos aquellos que no se la tomen en serio.
La entrega de una ofrenda también es una manera de equilibrar la naturaleza, el mundo que nos rodea. Si se consigue algo que se anhela a través de un acto mágico, es justo que, en la felicidad que eso proporciona, se intente hacer algo por ayudar a otra persona que lo necesite. No es necesario hacer ofrendas en dinero; la mayoría de las veces, nos cuesta mucho más ceder nuestro tiempo, nuestra capacidad de atención o nuestro trabajo a la hora de auxiliar al prójimo. En este sentido, este libro no propone ofrendas o actos de amor al prójimo, sino que se recomiendan como una práctica que permitirá un avance más rápido por el camino de la magia.
Vivimos inmersos en una sociedad y nuestra felicidad depende, en cierta medida, de la felicidad de los demás; somos un todo con lo que nos rodea y en la medida en que el entorno sea armónico nos sentiremos en paz con nosotros mismos y mucho más felices.
Entre las múltiples ofrendas que los chamanes, hechiceros y magos de todos los tiempos han ofrecido a los dioses a fin de aplacarles o pedirles favores, los sacrificios de sangre eran los que, aseguraban, más complacían a las deidades.
Hasta hace relativamente pocos años, estos sacrificios cruentos no sólo incluían aves o mamíferos, sino, también, seres humanos. Si bien a nosotros la costumbre de dar muerte a un niño o a una doncella virgen para contentar a un dios puede parecernos una crueldad sin límites, los pueblos que seguían estas costumbres tenían también una visión muy distinta a la nuestra acerca de la muerte; para ellos ésta no era un final, sino una forma de volver hacia el pasado, a la reunión con sus ancestros. Por esta razón no era raro que quienes iban a ser sacrificados acudieran gozosos al altar y no muertos de miedo como cabría suponer.
A medida que el hombre fue evolucionando, también lo hicieron sus rituales. Las normas morales y éticas, el respeto hacia la vida y la libertad de sus semejantes se fue acentuando en cada generación imprimiendo su huella en la magia.
Uno de los cambios importantes en este sentido es que en los ritos que incluían la muerte de un animal o de una persona se empezó a negociar con la divinidad. Se ofrecía, por ejemplo, una vaca a uno de los dioses para mejorar las cosechas; pero antes de celebrar la ceremonia, se le convencía para que, en lugar de ese animal, aceptara un cordero; luego, una gallina; de ahí, pasaban a ofrecer un huevo y, finalmente, le regalaban un puñado de pelos de la cola de un buey. Sin embargo, en la ceremonia no se decía «yo te entrego estos pelos» sino «yo te entrego este buey» (o el primer animal que hubieran ofrecido), ya que para el chamán o el brujo, esos pelos eran una exacta representación del animal que hubieran sacrificado.
Aunque parezca pueril a nuestros ojos, aunque lo califiquemos de autoengaño, hay que tener en cuenta que lo que vale es la intención que surge del fondo de nuestra alma; uno quisiera dar a los dioses lo mejor, pero les da lo que humanamente puede, teniendo siempre en cuenta las propias limitaciones.
Pero no toda la magia evolucionó en este sentido; los magos oscuros, los que ofrecen sacrificios de sangre, los que no han evolucionado éticamente y centran sus objetivos en lograr sus deseos por medio de la privación de libertad haciendo trabajos que acarrean la ruina ajena, aún existen: son los magos negros. Desde luego ellos también despiertan en sí mismos capacidades dormidas, pero las entrenan para causar daño. Todos tenemos la posibilidad de aprender a manejar con increíble precisión un instrumento cortante, pero mientras unos la utilizan para manejar un bisturí, otros la emplean para manejar una espada.
EL MUNDO DE LO SIMBÓLICO
El hombre se comunica con los demás y consigo mismo por medio de símbolos. Si se quiere transmitir a otro la idea de una «mesa verde», no será necesario llevarle hasta donde esté el mueble para que lo vea: bastará utilizar las palabras «mesa» y «verde» para que nos comprenda. Las palabras son los símbolos que más utilizamos.
En nuestra vida cotidiana, además del lenguaje hablado, utilizamos también símbolos gráficos como dibujos, letras o imágenes; o acústicos, como el sonido de un teléfono que nos indica si el número al que llamamos está o no comunicando, la alarma de un banco o la música que inicia un programa de radio anunciándonos que éste comienza. Un semáforo, la figura de una mujer o de un hombre en la puerta de los servicios de señoras y caballeros, los números, las señales de circulación, los iconos que aparecen sobre un aparato eléctrico, las Hechas de subida o bajada del ascensor o la esfera de un reloj, son elementos simples que transmiten ideas mucho más complejas, que resumen lo que ocurre, que simbolizan situaciones o cosas. Y nuestro cerebro se maneja con ellos a la perfección, siempre que conozcamos el código al que pertenece ese signo.
Si nos encontramos de visita en una fábrica en el instante en que los obreros paran para comer, tal vez nos sorprenda la sirena que anuncia el fin del tumo, pero quienes allí trabajan sabrán, por medio de ella, que ha llegado la hora de marcharse a casa.
Del mismo modo, en la cabina de un avión hay infinidad de luces que se apagan y se encienden que a un profano no le dicen nada, pero que al piloto le indican el estado de la aeronave, su situación, la temperatura de los distintos componentes y muchas cosas más.
Podría decirse que cada profesión o actividad tiene sus símbolos peculiares, ya sean dibujos, sonidos o palabras orales o escritas, y la magia, lejos de ser una excepción, es una de las tareas que más se relaciona con los símbolos.
Todos los elementos que se utilizan en un ritual, por complejo que éste sea o por curioso que nos parezca, son símbolos que nuestro cerebro es capaz de interpretar. De algunos de ellos conoceremos su significado racionalmente, de otros, en cambio, ese conocimiento será inconsciente.
Cuanto más sepamos acerca de estos símbolos, más capacitados estaremos para orientar la voluntad y el deseo, ya que éstos constituyen el mejor lenguaje para hablar con nuestro propio interior y serán los que pongan nuestra mente en sintonía con la naturaleza y con las fuerzas que queremos utilizar.
LA FE
Cada ser humano dispone de energías físicas y energías psíquicas. Las primeras le sirven para armonizar el mundo material y hacerlo más acorde a las necesidades de nuestro cuerpo; las segundas, para armonizar el mundo mental, psíquico y espiritual permitiendo así el desarrollo de aquellas capacidades que no se han entrenado. Ambos tipos de energías trabajan siempre juntas y de poco nos servirá tener muchas energías físicas si no disponemos de fe, que es el motor que proporciona la mayor cantidad de energías psíquicas.
Esto se puede ver claramente con el ejemplo de un deportista que tuviera que saltar una valla: si cuando toma carrera para hacerlo llegara a pensar que tal vez no logre sobrepasarla, es decir, si le falla la fe, lo más seguro es que no lo logre porque en el momento en que dude, inconscientemente guardará parte de sus energías para reponerse del posible fracaso. En cambio si está seguro de poder hacerlo, todas sus fuerzas estarán abocadas a superar esa altura.
A la hora de hacer un ceremonial de magia, cualquiera que sea su índole, la fe es imprescindible porque será la que provea las energías necesarias para generar un nuevo ordenamiento en el interior y en el exterior. Emprender un trabajo de este tipo para ver qué sucede o si es verdad que funciona, no es en absoluto recomendable. Y no porque se corran graves peligros con intentarlo; la capacidad mágica está en el interior de cada uno de nosotros y es, en ese sentido, un ingrediente natural al cual podemos acercarnos confiados; pero sí es una pérdida de tiempo y un desgaste de fuerzas espirituales a las que hay que tratar con tanto respeto como a nuestro propio cuerpo o a nuestros pensamientos. Por otra parte, como al hacerlo de este modo irreverente no se consiguen resultados, ello acarrea una pérdida mayor de fe y, con ella, de las energías psíquicas necesarias para posteriores trabajos.
LAS CEREMONIAS
Cada ritual se compone de una serie de pasos que debe ejecutar el oficiante al tiempo que recita oraciones o invocaciones específicas. En cuanto se leen parecen sencillos y fáciles de realizar; sin embargo, en las fórmulas que se encuentran en los libros vienen todos los ingredientes necesarios pero poco se dice del más importante: la actitud de recogimiento y concentración imprescindibles en quien los ha de llevar a cabo.
Una receta de cocina, por sencilla que sea, no dará el mismo resultado si es realizada por una cocinera experimentada que si la hace alguien que jamás se ha dedicado a ello; aunque ambas personas utilicen los mismos ingredientes y sigan las instrucciones paso a paso, el resultado será distinto.
Hay detalles muy sutiles (como la cantidad exacta de calor que se debe emplear o la forma de revolver los alimentos) que serían imposibles de explicar en una receta y eso es algo que la cocinera sabe por experiencia, por oficio, por la cantidad de veces que ha practicado.
De la misma manera, en los ritos de magia hay detalles que son imposibles de explicar minuciosamente porque son estados interiores, actitudes que no pueden ser expresadas en palabras. Sin embargo, quien se dedique a ello, podrá entenderlos a través de la práctica y perfeccionarlos hasta lograr cada vez mejores resultados.
Conviene comenzar con fórmulas sencillas, destinadas a forzar o ayudar a que se obtengan resultados más o menos previsibles porque, al conseguirlo, también se logrará fortalecer la fe que es el ingrediente más importante de todo ritual.
Los trabajos de magia no obran nada por sí mismos si no hay una previa disposición de ayuda por nuestra parte. Al respecto, es importante recordar que su principal objetivo es armonizar nuestro interior con lo que nos rodea, ponemos en sintonía con el exterior de modo que podamos influir en él de la manera que nos resulte más conveniente.
LA INTIMIDAD EN EL RITO
Los magos y hechiceros de casi todas las culturas, a la hora de hacer sus trabajos se ocultaban de la vista del poblado. Normalmente se dirigían a lugares escondidos, ya fuese un claro del bosque o una cueva, para lograr allí la concentración necesaria a fin de que sus invocaciones tuvieran el efecto deseado.
El acto mágico es interior, de comunión con uno mismo, y la presencia de otras personas no haría sino perturbar y mermar las fuerzas psíquicas imprescindibles para llevarlo a cabo. En magia no se puede decir «hagamos este ritual o aquel otro»; cada ceremonia es un camino que uno debe emprender solo y con la absoluta seguridad de que si no alberga intenciones oscuras, nada malo va a sucederle. Lo más grave que le puede ocurrir es que se encuentre consigo mismo, con sus más íntimos deseos o temores y esto le sorprenda; pero aun así, será beneficioso porque le llevará a conocerse más y mejor.
Tal vez alguien se pregunte, ante esto, cómo es que hay brujos que hacen trabajos para otros y, en ese caso, cómo se produce ese cambio interior en la persona que encarga el ritual. La respuesta es que, a través de la ceremonia, es el mago quien cambia y, con su actitud, con sus palabras y gestos (a veces imperceptibles) produce a la vez una transformación en el consultante. Los magos realmente buenos son mucho más escasos de lo que cualquiera pueda imaginarse. Siempre es preferible hacer los trabajos de magia por uno mismo que pedírselos a un experto, a menos que se tengan las suficientes garantías acerca de su eficacia, de su sabiduría. Sólo los que hayan alcanzado un alto grado de pericia podrán realizar rituales en presencia del interesado o para terceros ya que, en este caso, serán sus propias energías las que ayudarán a su consultante a conseguir la actitud idónea que deba adoptar.