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PERSONAJES GRIEGOS Y LATINOS

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ALEJANDRO MAGNO

Desde niño oí hablar de Alejandro Magno, pero hoy (quizá como mínimo síntoma de la caída de las humanidades) se suele oír más -últimamente por una película, en la que el actor Colin Farrell interpretaba al héroe- la forma españolizada Alejandro el Grande. Es lo mismo. Como si en griego oímos -y sigue siendo más específica mente un héroe griego- AAÉ~av6pos ó Mévns ...

Alejandro era hijo del rey Filipo II de Macedonia y de su esposa Olimpíade del Epiro. Nació en el año 356 a.C., época en que aún los griegos no tenían a los macedonios por griegos auténticos, sino casi por bárbaros. Alejandro, al fraguar con sus conquistas y sus ideales helenos el Imperio y la edad helenística, no sólo se hizo un mito (que perdura hasta hoy en la historia de Grecia, especialmente tras la caída de Bizancio) sino que dio plena titularidad griega a los macedonios.

Educado entre otros por el mismo Aristóteles -al que contrató Filipo-, el joven Alejandro se forjó ya en múltiples batallas al lado de ese padre que fue un formidable guerrero. Sabemos, por ejemplo, que Alejandro luchó en la batalla de Queronea (338) que supuso el fin del famoso «batallón sagrado» de Tebas (un ejército de amantes) y el fin de la superioridad de Tebas y Atenas, que sucumbieron ante el rey de Macedonia. Cuando Filipo muere asesinado en 336, Alejandro no duda en hacer matar a la última esposa de su padre, Eurídice (conocida también como Cleopatra) y al niño que había nacido de su unión. El poder siempre ha usado la crueldad y Alejandro necesita ser rey. Su nombre oficial sería Alejandro III de Macedonia, pero quedará de inmediato olvidado cuando Alejandro con una osadía, un rigor y una valentía excepcionales se lance a luchar contra Persia (el tradicional ene- migo de los griegos) y a crear un Imperio comparable o más grande todavía ...

Gran admirador de la Ilíada (cuyo ejemplar personal conservaba dentro de un precioso y amado cofre, fruto del saqueo a las pertenencias del rey persa Daría), algunos dicen que los héroes luchadores del poema homérico y en especial Aquiles fueron la inspiración básica de Alejandro, y posiblemente sea cierto. Su hazaña -sólo comparable con César, con Napoleón, con los conquistadores de América- fue sencillamente fabulosa, plena de singulares batallas ganadas como si un dios lo protegiera. Es bien sabido que Alejandro -que respetó las religiones de los lugares que conquistaba, pero que llevaba también a los dioses de la Hélade- terminó por creerse algo divino (quizás hijo también de otro dios) pues sus gestas eran incomparables ... Después de asegurarse el dominio de Grecia --dicen que en Corinto visitó a Diógenes el Cínico, al que admiraba- cruzó por el Helesponto a Asia, con un ejército que iba aumentando, y decidió enfrentarse con el gran rey Daría al que venció finalmente en la batalla de Iso (333) poniendo en fuga a su poderoso enemigo ... Entonces se empezó a oír hablar de las célebres falanges macedónicas, con las que se compararían después los tercios españoles. Aunque Daría le hizo ofertas de paz y Alejandro tomó por mujer a Barsine, una noble persa, su solo afán era derrocar por entero el Imperio persa y luego llegar todavía más lejos. Tras Iso, Alejandro ocupó Fenicia, Palestina y Egipto, donde fundaría la primera y principal de las ciudades con su nombre, Alejandría. En Gaugamela (cerca del río Tigris) los persas se oponen otra vez a Alejandro y de nuevo son derrotados, lo que le deja libre el paso hasta Babilonia, otra de las más espectaculares conquistas de Alejandro, ya «el Grande». Llegará a Persépolis, continuará por Irán y como es bien sabido -el recuento sería y es una novela- el ejército, más mixto cada vez, de Alejandro llegó hasta las nieves del Hindu-Kush y la India, el año 327. Para los macedonios la India era la patria del dios Dionisos y una tierra llena de prodigios. Ciudades que hoy se llaman Escandaría, Kandalar o Kandahar fueron todas distintas y muchas Alejandrías.

Dicen que a los griegos (que tanto valoraban la libertad individual) no les gustó que Alejandro aceptara la «proskynesis» o prosternación que era habitual hacer ante los grandes reyes orientales, y que los sucesores del Magno mantuvieron, así como, mucho después, los emperadores de Constantinopla.

El año 326 Alejandro cruza el mítico río Indo y alcanza el Hidaspes. Aquí tiene lugar una batalla contra el rey local Poro y su ejército de temibles elefantes, y ahí muere Bucéfalo, el gran caballo que desde muy joven llevó al héroe macedonia. Pronto mandaría de vuelta por mar a una parte de su ejército -intuía que desde la India se llegaría por el mar Rojo a Egipto- en tanto que él mismo y los más osados (muchos ya le pedían retornar) reharían el camino. Alejandro no era ya sólo comparable a Aquiles por su furia comba ti va, sino al mismo Heracles por sus triunfos lejanos. Conviene recordar (puesto que suele contribuir al mito, y así lo muestran monedas y bustos) que Alejandro fue claramente un hombre hermoso. Joven, ya está dicho. En 324 estalló un motín en Opis (cerca de Susa) que hubo de sofocar sin melindres. Entonces murió su amigo -y amante- Hefestión, al que le concedió unos funerales similares a los que la Ilíada cuenta que Aquiles ofrendó a Patroclo. Poco después empezó a sentirse enfermo y fue llevado a Babilonia, donde murió en el 323, con 33 años. Repartió el Imperio entre sus generales más fieles (surgen así los reinos helenísticos) mientras su cuerpo es llevado a Alejandría de Egipto, donde estuvo enterrado en un gran mausoleo que visitó, por ejemplo, Augusto. El mausoleo (y hasta donde sabemos los restos de Alejandro) desaparecen en el siglo III de nuestra era en los disturbios de la ciudad, los primeros que enfrentaron a paganos y cristianos.

Alejandro (teóricamente bisexual) tuvo varias mujeres de los países que dominó; además de la nombrada Barsine, persa, está Roxana, hija de un barón sogdiano, y que parece no fue un matrimonio de conveniencia. Pero aún hay que añadir a Estatira, hija de Daría, con la que sí matrimonió por razones de Estado al volver de sus conquistas. Pero siempre estuvo Hefestión, y aunque Bagoas no tuvo probablemente el papel que le otorga la novelista Mary Renault en El muchacho persa, no es un personaje inventado. Era un guapo muchacho emasculado del que Alejandro se prendó y al menos tuvo un tiempo no corto consigo. Las historias nombran a «Bagoas, hijo de un tal Farnuces», quien quizá tenía relación con la costa helenizada de Asia; de ser así (dice Robin Lane Fax, el mejor biógrafo moderno de Alejandro) «puede que Bagoas fuera bilingüe, y probablemente se trataba sólo de un joven eunuco cortesano amado por su afectación. Lo que Hefestión pensaba de él sólo podemos imaginarlo, pues la gran importancia que tuvo Bagoas quedó oculta tras el decente silencio que guardaron los amigos de Alejandro». Era, al fin, una historia menos griega ...

Según algunos historiadores antiguos, Alejandro escribió un diario de campaña, «Las Efemérides reales», que se habría perdido. La biografía de Plutarco (muy lejos de los hechos) parece buena porque compila todas las que pudieron circular durante la Antigüedad. Quinto Curcio fue un historiador opuesto a Alejandro (lo trata como tirano corrompido por el poder) mientras que la biografía de Calístenes parece el origen de las biografías míticas de Alejandro que llegaron hasta la Edad Media europea: nuestro rimado Libro de Alexandre no es sino otra biografía legendaria del conquistador. Los griegos dominados por los turcos otomanos soñaban aún con Alejandro el libertador. Casi inverosímilmente, el fabuloso Alejandro es un mito que fue verdad.

Aparte de las antiguas biografías de Alejandro, donde sería sano contrastar la de Plutarco con la de Quinto Curcio, o seguir el relato de Clitarco contado por Diodoro Sículo, múltiples novelas modernas tienen a Alejandro por natural héroe. Se puede ir desde la saga de la nombrada Mary Renault hasta la bella novelita Alejandro de Klaus Mann. Pero como libro de historia muy bien narrada hay que ir a la magna obra de quien fue un joven helenista británico, vivo aún, el asimismo mencionado Robin Lane Fax con su Alexander the Great editada por vez primera en 1973. De hecho fue la primera y muy brillante obra del autor. Hay ya traducción española (de la edición corregida de 2004): Alejandro Magno, conquistador del mundo, El Acantilado, Barcelona, 2007. Los no iniciados o menos interesados pueden prescindir de las notas, que ocupan casi ISO páginas de las 956 que tiene el tomo. Un libro magnífico. Grande como su inmenso protagonista. Un ser de veras legendario. ¿Qué harían los cristianos con los restos de Alejandro el Grande? ¿Lo tendrían por un depravado indigno de Jesucristo?