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LUCRECIO

Se sabe poco de la vida de este poeta audaz, Tito Lucrecio Caro, que en opinión de algunos pertenecería a la «gens Lucretia», una de las familias romanas más antiguas. Según Donato el Gramático (cuenta Agustín Millares Carlo), murió el mismo día que Virgilio tomaba la toga viril, lo que tiene mucho sabor de leyenda para unir autores de alto prestigio. Lo que parece seguro es que vivió en Roma en la primera mitad del siglo 1 a.e.

Sólo se conserva suyo el poema épico-didascálico en que pone en verso, a veces no sólo con maestría sino con gran ardor, las enseñanzas siempre polémicas de Epicuro: De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas). San Jerónimo -tomando el dato de una serie de biografías de Suetonio perdidas- dice: «Nace el poeta T. Lucrecio -habla del año 94-. Se volvió loco por haber ingerido un filtro amoroso. En sus intervalos de lucidez escribió varios libros que Cicerón corrigió posteriormente. Tenía 44 años cuando se suicidó». ¿Leyenda también? No es improbable. Los cristianos detestaban a Epicuro y a Lucrecio. Para muchos lo único verdadero (además del poema, claro) es lo que escribe Cicerón en una carta a su hermano Quinto: «Tal y como escribes, en los versos de Lucrecio hay mucho arte y muchos rasgos geniales». Cierto que ello se contradice con los ataques que (unos diez años después, en las Tusculanae disputationes) Cicerón dedica a los epicúreos, añadiendo que nunca ha leído en latín obras suyas, por indignas sus teorías y su gente ... Una contradicción es mucho más real que una leyenda.

De rerum natura traduciría el título -tan habitual- de la obra fundamental de Epicuro, escrita en 37 libros: Ilspí <j>úoews;, o «Sobre la naturaleza de las cosas». La obra lucreciana consta de seis libros: Invoca a Venus en el primero y trata de la vastedad del Universo, añadiendo que los átomos, indivisibles e indestructibles, son los primeros elementos. Habla después del movimiento de esos átomos y su efecto. En el libro tercero estudia la naturaleza del alma, argumentando para demostrar que es mortal y que por ello no debe producir miedo la muerte ni menos lo que venga después de ella, ya que no hay después.

La materia es indestructible, pero el alma finita. Explica luego los «simulacra», sutilísimas membranas, gracias a las cuales percibimos los colores, los sonidos, los sueños, los pensamientos y hasta el amor. El quinto libro trata del origen del mundo y del género humano y finalmente (en el libro sexto) expone con clarividencia los fenómenos naturales más difíciles de explicar, como el rayo, el relámpago, los terremotos o las epidemias, y ahí se detiene a describir el horror de la peste en Atenas, según la había narrado Tucídides. Lucrecio, como Epicuro, quiere acabar con la superstición y la ignorancia que llenan de pavor al hombre. Si la muerte es el fin de todo sufrimiento y nada más que un tranquilo sueño, ¿qué temer? (<<Animam esse mortalem fataere necesse est»: Necesario es afirmar que el alma es mortal.)

La belleza del poema de Lucrecio -pues no olvidemos que de un poema en hexámetros se trata, con alguna influencia voluntaria del antiguo Ennio- radica sobre todo, para el lector de hoy, en las digresiones en que explica o testifica algunos de sus razonamientos, siempre más áridos. Así el relato del sacrificio de Ifigenia (canto I) o los términos con que la Naturaleza apostrofa al hombre temeroso de la muerte (en el III) o el ya aludido (en el VI) de la peste en Atenas. Si a ello unimos el vigor, la energía, la fe del convencido con que escribe Lucrecio y su enorme piedad hacia el doliente género humano, que ve errante, sin objeto ni meta, hallaremos sin duda la magia de ese poema (dedicado a cierto Mernmio, a quien se ha identificado con el propretor con quien Catulo fue a Bitinia en el 54 a.Ci) que no sólo está enfrente, valientemente, de casi todas las doctrinas de la época -Herádito, Empédodes, Anaxágoras, y por supuesto Platón y Aristóteles- sino además en contra de otras que pronto se expandirían ... Cuando Virgilio dice, en sus Geórgicas (1, 21,7), «Felix qui potuit rerum cognoscere causas» (Feliz quien puede conocer las causas de las cosas) sin duda tiene presente -y no es la única vez- a Lucrecio, elogiado también por Ovidio en sus Amores.

Sin embargo, Lucrecio -y Epicuro- han sido de los escritores o pensadores más atacados y vetados a lo largo de la historia ya católica, lo que los vuelve más atractivos ahora. Hasta el terrible Byron confiesa en su Don Juan (1,43):

La irreligiosidad de Lucrecio es en exceso fuerte
para estómagos habituados a discreta nutrición.

Aparte de alguna versión moderna (y desde luego más filológica) como la de E. Valen tí Fiol o el venezolano Luis Alvarado, tenemos en español la hermosa versión del benemérito Abate Marchena, realizada en 1791, editada -en una colección para bibliófilos- por Menéndez Pelayo en Obras literarias de D. José Marchena; recogidas de manuscritos y raros impresos con un estudio crítico-biográfico del Dr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo, Sevilla, 1892-1896, en dos volúmenes; y en fecha más reciente, en 1983, por Cátedra, con introducción de Agustín Carda Calvo y notas de Domingo Plácido. Como homenaje al gran Marchena (que sin duda sintió como Lucrecio al traducir siempre «religio» por «fanatismo») va un fragmento de su traducción en verso:

Cuando la humana vida a nuestros ojos
oprimida yacía con infamia

en la tierra por grave fanatismo,
que desde las mansiones celestiales
alzaba la cabeza amenazando

a los mortales con horrible aspecto,

al punto un varón griego osó el primero
levantar hacia él mortales ojos

y abiertamente declararle guerra:
no intimidó a este hombre señalado
la fama de los dioses, ni sus rayos,
ni del cielo el colérico murmullo.
El valor extremado de su alma

se irrita más y más con la codicia
de romper el primero los recintos

y de Natura las ferradas puertas.

Se trata naturalmente del comienzo del elogio de Epicuro, que vence a la religión, y que se encuentra en el canto 1 de De rerum natura. Es cierto, con todo, que desde hace más de un siglo hemos perdido casi por entero el gusto o la concepción del poema como algo didascálico o filosófico, que la Antigüedad e incluso el siglo XVIII conocieron muy bien ...

Suele decirse que Catulo y Lucrecio, contemporáneos y acordes diversos, murieron ambos jóvenes a causa del amor. Catulo es más seductor, Lucrecio fue más lejos.