NERÓN
Tuvo en su contra tanto a los historiadores paganos (Tácito o Suetonio) como a los cristianos. Su leyenda -pues es muy probable que unos y otros exageraran- impasiblemente puede ser peor. Era un loco, un pervertido y un criminal, que además persiguió sañudamente a los primeros cristianos, crucificándolos o echándolos a las fieras del circo ... Pero bien cierto es que los caminos del Azar son inesperados, pues el casi niño que yo era en 1962 --el primer año en que estudié latín- no se interesó, y con pasión, por el mundo antiguo gracias al cura que nos enseñaba las declinaciones o a traducir frasecitas tan cursis como ésta: «Domina ornavit aram rosis» (La señora adornó el altar con rosas). No, lo he dicho en otra parte, la gramática es importante pero no única, y aquellos rancios dómines no sólo debieron martillearnos -teníamos once años tirando a doce- con casos y conjugaciones, sino que algo más hubieron de hablarnos del esplendor inmenso que fue Roma ... Por suerte yo vi por entonces la muy hollywoodense Qua Vadis? y tanto las figuras de Nerón como de Petronio allí representadas me animaron (por raro que pueda parecer) al latín y al mundo clásico. En realidad aquel Qua Vadis? donde un excelente Peter Ustinov bordaba el papel de un Nerón más decadente, frívolo y loco que asesino terrible era ya una película vieja (realizada en 1951 por Mervyn LeRoy), pero en la época -y en aquella España- se reponía con plurales motivos, a menudo religiosos. Recuerdo que Nerón -aburrido de los espectáculos circenses o quizá de la vida, cual Des Esseintes «avant la lettre»- miraba todo a través de una piedra semipreciosa, verde o dorada, que colgaba de una cadena al cuello ... Luego supe -bastante después- que no andaba tan errado el novelista, pues en Plinio el Viejo podemos leer: «Nerón miraba los combates de los gladiadores a través de una esmeralda». ¡Qué magnífico me pareció Nerón aliado de los lelos y simplones cristianos! Algo después (y siempre llevado por la película) leí una versión abreviada de la homónima novela del polaco Henryk Sienkiewicz, y poco después la novela entera (que no es corta), publicada originalmente en 1901, en la versión española de Aguilar, traducida directamente del polaco por Ruth Hoenigsdeld ... «Despertó Petronio cerca de mediodía y, como de costumbre, muy cansado». Así empieza. La novela me encantó y hasta creí notar en ella claras simpatías por algunos paganos irreductibles, como Petronio. No así por Nerón, a quien yo debo el inicio -no único- de mi fascinación romana.
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Lucio Domicio Aenobarbo, que adoptó el «cognomen» de Nerón, que parece que en lengua sabina significaba «bravo y enérgico», y que ya había usado algún otro personaje de la «gens» Claudia, nació el año 37 d.C., hijo de Domicio Aenobarbo y de Agripina, que sería luego la cuarta esposa del emperador Claudio, que poco más tarde adoptó a Nerón como su hijo y heredero. Fueron los preceptores de Nerón, Afranio Burro, prefecto de los pretorianos y honrado militar y el filósofo Séneca. A la muerte de Claudio, como era preceptivo, el Senado de Roma proclamó «irnperator» a «Nero Claudius Caesar Drusus Gerrnanicus»; era el año 54 y Nerón tenía, por tanto, dieciséis años. |
(Hay una bella estatua de Nerón niño, como de ocho años, hoy en el Louvre de París y hasta 1808 en el palacio Borghese, y que, siguiendo en mármollos cánones de la iconografía oficial, muestra al principito con amplia toga y aire dulce.) Es general fama que los cinco primeros años del reinado neroniano fueron pacíficos y sin sobresaltos, bajo la tutela de Burro y Séneca. Pero en el año 59, Nerón hace asesinar a Agripina, su madre, y a su mujer Octavia, y destituye a Burro, que es sucedido por Tigelino como prefecto de los pretorianos. Parece que estos actos malos no tenían otra finalidad que la de facilitar su boda caprichosa con la que ya era su amante, Popea Sabina.
Es posible que él no fuera buen poeta ni buen músico (nada suyo ha llegado a nosotros), pero su afición por el arte, por el canto y la poesía son indudables. En la parte oriental del Imperio era muy querido porque tras su triunfal viaje a Grecia (el año 67) hizo una generosa exención de impuestos a todas las ciudades insignes por sus artistas o antiguos poetas célebres. Claro que la alta sociedad romana no vería con buenos ojos su histriónica faceta de participar o actuar en los concursos o festivales de poesía y música que patrocinó. Su filohelenismo resulta muy cierto. Se sabe que compuso poemas e incluso que modeló y pintó. Entre e160 y el ór instituyó las «Neronia», juegos quinquenales ligados a su nombre, uniendo una idea griega con la periodicidad del «lustrum» latino. Comprenderían atletismo, música, retórica, equitación y poesía ... En esa primera y creo que única celebración, el poeta premiado fue Lucano, sobrino de Séneca y que a tal efecto habría compuesto un himno celebrando a Nerón. En el año 64, un incendio probablemente casual (los incendios eran muy frecuentes en la Roma más vetusta y popular, saturada de emigrantes) destruyó media ciudad. Nerón -o sus consejeros- decidieron atribuido a los cristianos, tenidos como una secta peligrosa que no aceptaba la divinidad del César, y ello dio origen a la primera persecución contra los seguidores de Cristo -en esa época murieron mártires Pedro y Pablo-, a una espectacular serie de juegos circenses (con la muerte de los culpables incluida) y lo que ciertamente más vale, a un importante plan arquitectónico para reconstruir una Roma más segura y más bella. A N erón le gustaban mucho, además, los espectáculos de gladiadores y las carreras de carros, pero tenía también sus extravagancias sexuales que no dudaba en publicitar: se prendó de un joven y bello esclavo al que hizo emascular para que pareciese más una mujer: Sporo, quien le acompañó como favorito en su viaje a Grecia. Su último secretario, Epafrodito (que lo ayudó a morir), también ha sido considerado en ocasiones su amante. No sabemos si es parte de la leyenda que mató a Popea de una patada en el vientre, cuando estaba embarazada, y si por juego o teatro festivo se fingió mujer en una boda palatina ... Sí es cierto que construyó, en su nuevo proyecto para la Urbe, al menos dos muy notables monumentos, la célebre «Domus Aurea» o Casa de oro, que casi fue un mito, pero que hoy se ha excavado hallando aún notabilísimas piezas de arte y decoración, y las grandes Termas de Nerón, que más tarde fueron reconstruidas bajo Alejandro Severo, y que se hallaban entre el Panteón y el estadio de Domiciano, lo que es hoy la Piazza Navona. Tan mítico fue el palacio conocido como «Casa de Oro» que su nombre quedó en una de las letanías que como parte del rosario católico se dirigen a ensalzar a la Virgen María ...
La llamada «conjura de Pisón» en el año 65 no sólo supuso, al ser descubierta, la muerte (el suicidio obligado) de Séneca, Lucano y Petronio, sino la seguridad de que la clase política y senatorial estaba harta del César. Al fin, en el año 68, el levantamiento de Galba, en España, puso fin al reinado de Nerón, que prefirió darse muerte antes de caer en manos de unos enemigos que lo odiaban. Se dice que (antes de clavarse el puñal, con ayuda de Epafrodito) recitó un hexámetro de la Iliada, Poco antes de expirar, según Suetonio, dijo: «[Esto es fidelidad! », dirigiéndose a quienes le ayudaban. Aunque el mismo Suetonio afirma que, poco antes, preparando su enterramiento, entre lloriqueos, habría exclamado: «Qualis artifex pereol » (¡Qué artista muere conmigo!). Algo rubio, no mal parecido, tirando a grueso, pecoso y de apariencia descuidada, tal es uno de sus más afamados retratos por escrito. Quizá su mejor retrato esculpido sea la cabeza en mármol griego (tiene rota la nariz) con cierta sotabarba, gesto sereno y serio y abundante pelusa en las mejillas (<<barbula»). El retrato se considera fiel, realista, y es anterior al 64 d.C. Se halla en el Museo Palatino de Roma. Si no hay nuevos descubrimientos (y no es imposible que los haya), Nerón seguirá siendo disparatado, lujurioso y cruel, pero también un no pequeño enigma. Pudo ser malo, pero seguramente no tanto. Mucho han inventado a su alrededor. Fue el último descendiente de la familia Julia-Claudia. El último descendiente de Julio César.
Sobre Nerón aconsejo un libro bien ilustrado, culto y ameno: Nerone, il principe rosso, de Marisa Ranieri Panetta, Mondadori, Milán, 1999.
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